Gonzalo Pita

Testimonio Gonzalo pia

Para llegar al slum de Topsia desde el barrio de mismo nombre hay que cruzar un puente peatonal  de unos veinticinco metros que vuela sobre un canal hediondo, de tal fetidez que solo una nariz ya aclimatada a la India puede sobrellevar. Antes de cruzar ves cientos chabolas semiderruidas a lo largo del cauce, construidas con desechos de todo tipo; plásticos, madera, lonas, placas de metal, cualquier cosa vale para hacer un refugio y soñar que resistirá el monzón. A pesar de que mi estancia en India ya sobrepasaba los cuarenta días, y que llevaba dos semanas largas trabajando con moribundos en una de las casas de la Madre Teresa, a pesar de esto digo, entre lo que veía e imaginaba, hoy puedo decir que si hubiera estado solo no habría cruzado ese puente. Nene, a ver donde te vas a meter. Listo, que eres un listo. Me habría dado media vuelta y salido del barrio con ligereza disimulada, con las prisas que con sorna algunos adjudican a los malos toreros.  Pero iba con Kika, que me había invitado a ver su escuela, de la que me había hablado largo y tendido en el café de Raj, uno de los pocos lugares de Calcuta donde los cooperantes acuden a tomarse un respiro de ración, y a veces, hasta un pincho de hermandad.

 

Y como Kika iba tranquilísima, y las dos personas que nos acompañaban (Eva y Leo), debutantes como yo, también lo parecían, que no sé yo si lo estaban, decidí impostar una actitud de sosiego afable, a través de una sonrisa serena y un lenguaje corporal que reflejara el ser equilibrado y armónico que no soy. Esta feo que yo lo diga, pero me sale de libro. Bueno, pero a lo que íbamos. Cruzamos el fétido Rubicón y al instante me sentí avergonzado de mis recelos y temores. La ignorancia es uno de los más poderosos resortes que desatan nuestros miedos. Y yo soy un ignorante.

 

En el slum de Topsia solo había sonrisas para Kika y para cualquiera que la acompañara. Durante la hora larga en la que recorrimos sus caminos localizando a los niños que habrían de entrar en la escuela el curso siguiente, cientos de mujeres, niños, hombres y ancianos saludaban a Kika, festejando su presencia, arremolinándose a su alrededor, las mujeres besándola, los hombres tratando de estrechar sus manos. Kika no dejaba de coger a niños en sus brazos, prodigándoles mimos y llamándoles a cada uno por su nombre, lo que puede ser producto de una memoria prodigiosa o de un amor inmenso. Me quedo con lo segundo. Todos, niños y adultos la llamaban “mama Kika”, y hacia ella solo había reconocimiento, gratitud y amor.

Después de vivir esta luminosa experiencia decidí colaborar con “Children of Topsia” impartiendo clases de inglés básico en la escuela y poniéndome a su disposición presente y futura en cualquier actividad en la que mi colaboración sea necesaria.

 

En la escuela de Topsia se respira felicidad, alegría, esperanza, amor, protección, futuro, compañerismo, apoyo, libertad, respeto, confianza, respaldo, cuidado,... Podría seguir horas recopilando calificativos. Últimamente escucho en el Primer Mundo el perverso argumento que aboga por no entregar recursos a las ONG porque los dilapidan, escamotean o simplemente nos los hacen llegar a su destino.

 

Por lo que yo he visto y, sobre todo, por lo que siento, que es más importante, Kika tiene un compromiso inquebrantable con los niños de Topsia.  Su comportamiento moral y vital no solo es irreprochable, sino que es para mí un ejemplo de entrega y sacrificio.

Estoy orgulloso de haber trabajado a su lado.

.

Gonzalo Pita

Madrid, 4 de junio de 2009